*Escribe Paula Arraigada, militante trans y ex candidata a diputada nacional por el Frente de Todos.

La historia del colectivo trans esta llena de privaciones, injusticias y muertes evitables.
No es extraña nuestra ausencia en los lugares comunes de la vida social, hubo una persecución sistemática, quizás no planificada, pero si ejecutada por todo el andamiaje del estado para diezmarnos y exterminarnos.
Esa masacre por goteo nos llevo a tener una expectativa de vida de 35 años.

Los edictos policiales y las contravenciones fueron el arma de elegida por las fuerzas de seguridad y el sistema judicial para disciplinarnos, sumado a un aparato de salud biologisista y a una educación binaria y clasista. Un verdadero genocidio.

Fue difícil crecer siendo trans.

El desamparo fue desolador, la expulsión del hogar dejo a muchas sin la mínima contención que ofrece una familia. Nos falto amor, ese amor que contiene y se irradia a quien esta creciendo en la tranquilidad de vivir en paz y crecer con libertad, pero estuvo ausente en el crecimiento y en el después. Los amores pagos con humillaciones o por el solo hecho de la manutención están presentes a lo largo de las vidas marginadas, como si en todo momento el desprecio marcara su presencia en el beso dado sin deseo.
Hemos vivido en la calle, y en cuanto antro barato nos permitía ser quien éramos, sin hostigamiento.

Solas y enfermas, o enfermas de soledad parimos la lucha colectiva como respuesta a tanto desamparo, aunque las ausencias se sustituían por otras presencias trans.
Y cuando nada parecía ganado irrumpe la Ley de Identidad de Genero que reconoce por primera vez nuestra identidad autopercibida, no fue solo por una decisión política del gobierno de entonces, sino también por la militancia de las organizaciones y la gran perseverancia de muchas activistas travestis.
Esa puerta nos llevo a otro mundo, diferente en todo, pero fiel a los prejuicios y a las necesidades.
El trabajo es el motor del mundo capitalista, y la opresión su sustento. En un país con un estado patriarcal y una sociedad capitalista, era inevitable que para la población trans la falta de derechos seria la respuesta evidente al desafío de romper las normas.
Y nos quitaron el derecho a trabajar por nuestra elección identitaria, nos impusieron por décadas un único trabajo, pero perseguido, clandestino y sin marco legal. Así con nuestros cuerpos, coimas mediante seguían manteniendo el aparato judicial y las fuerzas de seguridad, que castigaban, perseguían y torturaban pero sobrevivían gracias a la caja que levantaban con el dinero producto de la extorsión a las trabajadoras sexuales.
Hoy estamos en la alborada de un nuevo tiempo, donde el estado por primera vez pareciera que intenta reparar lo que el mismo provoco.
La ley de cupo laboral trans es eso, una reivindicación necesaria para una población diezmada, un reconocimiento de un estado ausente para un grupos de personas que pagaron algunas con su vida y otras con sus cicatrices la discriminación.
Y tendrá que ser en la medida de lo padecido, ni la idoneidad ni los antecedentes serán la regla para cubrir los empleos. No se le puede dar al torturador la herramienta para que de forma solapada expulse pretextando falta de idoneidad, o los antecedentes, esos a los cuales sin remedios fuimos empujadas ahora serán otra vez el método nuevo, y siniestro para negarnos la posibilidad de trabajar.
No lo permitiremos!

El estado es el mayor incumplidor de las leyes, no nos pedirá a nosotras una perfección imposible.

Será ley, y para un país que atraviesa una pandemia, y las dificultades económicas producto de esta misma, ese será un reconocimiento de máxima, y para la población trans/travesti el comienzo un tiempo de esperanza después de décadas de cuarentena.

Cupo Laboral Trans/travesti ya!